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Simposio: Epistemología Política

Coordinador: Mario Gensollen Mendoza

La democracia se enfrenta a un problema que tiene que ver con la falta de conocimiento, experticia y/o información relevante por parte de los ciudadanos que toman parte de las decisiones políticas. En una línea platónica, algunos afirman que la trascendencia de las decisiones políticas requiere de un conocimiento y experiencia de la que carece la mayoría de los ciudadanos. Platón fue suficientemente explícito en su República: “Estas y otras afines son las cualidades de la democracia, que parece ser una organización política agradable, anárquica y policroma, que asigna igualdad similarmente a las cosas iguales y a las desiguales” (558c). Para los platónicos, una democracia —en particular, una directa— sería un sistema de gobierno pobre e ineficaz, en tanto dejaría al Estado en manos de personas poco preparadas e incapaces de dirigirlo. Pero sucedería lo mismo con la democracia representativa: ¿cómo es posible que la mayoría de los votantes sepan hasta qué punto es adecuado un candidato para cumplir las funciones políticas que le asigna la elección? Dado que la mayoría, en efecto, no son competentes para juzgar y evaluar un programa político eligen considerando factores poco o nada relevantes políticamente. Los resultados electorales muchas veces confirman esta limitación de la democracia: las mejores opciones muchas veces no son elegidas, y otras lo resultan por factores superficiales. Dada la debilidad democrática con respecto a la falta de experticia y conocimiento de los electores, cada vez se echa de menos la falta de políticas públicas que eduquen a los ciudadanos para la democracia. O bien, si la mayoría de los votantes carecen del conocimiento y la información relevante, ¿quién o quiénes deben tomar decisiones sobre el bienestar público? Por otra parte, hace falta determinar cómo es posible que las decisiones políticas estén guiadas por el conocimiento más relevante dentro de una democracia.

Previo a las problemáticas anteriores —que son dos caras de la misma moneda— haría falta considerar a la democracia de un modo más fundamental, abstrayéndola de su sentido pura o principalmente político. La democracia, definida de manera general y formal, es un método de toma de decisiones grupales caracterizado por la igualdad entre los participantes en una etapa esencial de la toma de decisiones colectivas. En este sentido, la democracia es ante todo un método cuyo fin es la toma de decisiones. Esta definición, por un lado, permite ampliar la aplicación del concepto (como de hecho lo hacemos en el lenguaje ordinario) a otros grupos no necesariamente políticos: las familias, las empresas, las cooperativas y las organizaciones en las cuales el grupo es quien toma las decisiones. Por otro, pone el acento en la igualdad entre los participantes del grupo de cara a la toma de decisiones. Esta segunda característica de la definición es compatible con el origen mismo de las democracias políticas: uno de los aspectos de la vida social en el que se persigue la igualdad es en la participación política. No obstante, esta definición trae consigo un conjunto de problemas a los que debemos hacer frente: ¿es la democracia un método óptimo para la toma de decisiones?, ¿en qué etapa es esencial la igualdad entre los participantes en la toma de decisiones colectivas?, ¿es este método el que ofrece mejores resultados para todas y todos los miembros del grupo? Y desde un punto de vista específicamente político: ¿a qué valores podemos apelar para justificar la democracia como una forma de gobierno?, ¿cuál es el fundamento de su autoridad política?

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